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TEMA: Aporías de la Postmodernidad

Aporías de la Postmodernidad 05 Feb 2020 20:41 #53206

  • elías
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A continuación les dejo el apartado que lleva por título: “Aporías de la Modernidad” del escrito intitulado: “Modernidad y Postmodernidad”, del filósofo vasco Daniel Innerarity

Aporías de la postmodernidad

La filosofía en la actualidad ha sentido vivamente la crisis de la filosofía moderna, el agotamiento de su impulso inicial y la clausura de sus posibilidades. Hemos seguido este desarrollo a través de una de sus claves interpretativas y debemos concluirlo con el examen de aquellas doctrinas que se engloban bajo el nombre de «postmodernidad». La escasa perspectiva histórica obliga a la reducción del campo de análisis a los planteamientos de fondo, prescindiendo de aquellos aspectos parciales cuya vigencia en la historia de la filosofía venidera no es posible predecir.

La filosofía de la postmodernidad parece ser algo más que la toma de conciencia de la crisis del pensamiento moderno. El análisis de dicha crisis no tiene como consecuencia una rectificación —cuya necesidad me parece fuera de toda duda— sino una típica despedida de la modernidad. No solamente el enfoque y las soluciones característicos de la filosofía moderna sino también los problemas y sus aspiraciones se han derrumbado y han pasado a formar parte del conjunto de causas perdidas originadas por una locura de la razón. Lo que la postmodernidad reprocha a la etapa precedente no es haber equivocado las soluciones, sino una ilusoria definición de los problemas. Cabe decir, por ello, que la crisis incide también sobre la filosofía y la propia razón, más allá de la polémica habitual entre modelos, sistemas o escuelas de pensamiento.

En este sentido, la postmodernidad ha radicalizado la crisis de la razón. La filosofía ha perdido «la esperanza de la totalidad» (ADORNO). Si las totalidades ofrecidas por la modernidad han resultado equivocadas, ahora ya no se ofrece una nueva síntesis sino que se decreta el sincretismo de la razón, la fragmentación del mundo de la vida, la desconexión entre los diversos saberes y dominios científicos, la imposibilidad de justificar la acción y establecer la legitimidad política.

La descomposición de la filosofía moderna se ha hecho patente en la oscilación de una subjetividad a la deriva que, o se afirma a sí misma como negación de lo distinto de sí, o se inmola en beneficio de una totalidad objetiva. La postmodernidad trata de escapar de esta disyuntiva: hay que pensar sin un punto de partida ni un punto final absolutos, conseguir que el juego sustituya al sentido.

Este es, a grandes rasgos, el planteamiento de autores como LYOTARD, FOUCAULT, DELEUZE o DERRIDA. El posestructuralismo aparece como una revuelta contra la racionalidad desde los márgenes, lo fortuito, la diferencia y la dispersión. Frente a la filosofía moderna de la representación que pretende establecer una identidad entre el sujeto y el objeto, entre la realidad y el concepto, que trata de reducir la multiplicidad a la identidad racional, habría que pensar la diferencia en sí misma, lo que no se puede reducir, ordenar, jerarquizar, representar. En palabras de DERRIDA, se trata de desconstruir el discurso absoluto de HEGEL. «Para HEGEL, el asunto del pensar es el pensamiento en tanto que concepto absoluto. Para nosotros, el asunto del pensar es, en términos provisionales, la diferencia en tanto que diferencia»

Para evitar el asalto dialéctico a la contradicción hay que pensar desde lo no idéntico y no asimilable, mediante conceptos que no se dejen atrapar por el sistema, que estén en los márgenes, en el entre, de modo que la diferencia quede sin resolverse en ninguna identidad sintética. La ontología se reduce así a semiótica y pragmática: no existen elementos, sino trazas, tejidos, remisiones significativas. De manera similar propone FOUCAULT «no resolver el discurso en un juego de significaciones previas; no imaginar que el mundo nos ofrece una faz que nosotros sólo tendríamos que descifrar; el mundo no es cómplice de nuestro pensamiento; no hay una providencia prediscursiva que lo disponga a nuestro favor. Es preciso concebir el discurso como una violencia que hacemos a las cosas, en todo caso como una práctica que les imponemos y es en esta práctica donde los fenómenos del discurso hallan su principio de regularidad». Para FOUCAULT, el mundo es el mundo para nosotros, configurado por el discurso. No hay una realidad en sí, sino sólo «objetos de discurso». Fuera de su significación discursiva, los seres no son nada.

Pienso que el planteamiento postestructuralista, si tenemos en cuenta los términos del problema que venimos analizando, constituye una solución insatisfactoria, o más bien, una disolución del problema. Por lo que se refiere a la reivindicación de la diferencia y la no-identidad, cabe señalar que no se evita con ello la remisión dialéctica. Todos los elementos que DERRIDA sitúa frente a los que habrían de conducir a un proceso dialéctico y, por tanto, a la síntesis final, son pura negatividad (desorden, margen, diferencia...) y remiten necesariamente a lo negado, ya que se definen exclusivamente por su relación de oposición o negación de su contrario. No es posible desmontar el engranaje dialéctico manteniéndose en el momento de la unilateralidad. Lo que pretende pasar por una desconstrucción del sistema hegeliano resulta ser la detención de la dialéctica en su primer momento: el de la posición abstracta, inmediata y particular. Pero el gran acierto de HEGEL fue haber comprendido la férrea necesidad que vincula los momentos del proceso dialéctico cuando se parte de los supuestos ontológicos que el sistema idealista y el postestructuralismo comparten. En este sentido, la postmodernidad no añadiría novedades significativas; más bien podría entenderse como una reedición de la modernidad, un sincretismo o una extrapolación parcial de alguno de sus rasgos característicos.

Por otra parte, la absolutización del discurso sobre el mundo, la negación de una significación originaria de lo real, no constituye más que una modalidad provocativa del subjetivismo racionalista. Y en esta misma medida, el planteamiento de FOUCAULT representa un síntoma de la descomposición de la modernidad más que un nuevo modo de pensar. Por esta razón se encuentra sometido a la misma dialéctica. Ha pasado a ser ya un tópico de la filosofía contemporánea la afirmación de que en el dominio de la naturaleza está incluido el dominio del hombre. La renuncia a la idea de saber, justificada por el desencanto frente a los grandes sistemas, no ha conducido a nuevos intentos sino a una deserción esteticista. Pero en este proceso el poder de la subjetividad sobre la realidad se ha ampliado notablemente. Cuando el conocimiento se entiende como una imposición y la subjetividad prohíbe cualquier reconocimiento, entonces el relativismo antiautoritario no se distingue ya, paradójicamente, del autoritarismo.

Si algo parece indicar el curso seguido por la filosofía moderna es que la especificidad humana no surge y se mantiene sino en conexión con lo real, que «no hay experiencia de sí mismo sin contexto mundano» (MILLÁN PUELLES). Lo que PLESSNER ha llamado «la posición excéntrica del hombre» apunta a una sustitución del esquema moderno de articulación conciencia-mundo que permite superar lo que aquí he denominado aporía de la postmodernidad.

Porque —en palabras de HEIDEGGER— «el ser de lo existente no consiste en que, llevado como lo objetivo ante los hombres, se coloque en su esfera de saber y disposición y solamente así sea existente». Para que el carácter mundano de la conciencia no sea entendido, como su disolución y, por otra parte, su trascendencia respecto de las cosas no impida su objetivación, la filosofía debe plantearse de nuevo qué significa saber. Si el desmoronamiento de la modernidad significa de hecho una renuncia al saber, entonces la filosofía en nuestra situación está llamada a ser un foco de resistencia frente a tal abandono: sus pretensiones de universalidad no pueden entenderse como algo ilusorio o ilegítimo.

Como ya advirtió HUSSERL, el núcleo de la crisis de las ciencias europeas lo constituye la renuncia, directa o implícita, al conocimiento de lo real . La verdad es el enlace legítimo de la conciencia y el mundo. Pero la verdad tiene mucho que ver con un estar más allá: algo que sólo se alcanza desde la convicción de que el fundamento comienza donde termina nuestra soberanía sobre el mundo, en los confines de lo disponible, del dominio, la manipulación y la utilidad. Una región que permanece oculta para el interés y sólo se desvela en la admiración.
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